sábado, 4 de diciembre de 2010

El otro día, un día como los de antes.

El otro día volví a mi nido, al nido desde el que caí. Todo cálido y la superior insistiendo en que no marchara y me quedase allí, bien acompañada y no sola. 
Cuando me senté en el sofá, tapada con la manta, sentí que fue ayer cunado me fui de allí. Como si no hubiera pasado el tiempo. Enseguida, en mi habitación, me metí en mi cama, en la de siempre, sobre ese colchón que ya pesaba sobre él algunos añitos de más; y me tapé con el nórdico, mi nórdico de plumas. Estaba cansada, muy cansada, no me dio tiempo en pensar que iba a extrañar la cama, simplemente caí rendida.
Al día siguiente, mi taza, la de siempre, me esperaba en el armario de la cocina, para ser llenada con un café con leche bien calentito. Y unas tostadas recién hechas, con aceite, el aceite de siempre.
Todo estaba allí, cada cosa en su sitio, como siempre, pero miré el reloj, y ya era la hora, la hora de volver a mi pisset, hasta otro día que tocara volver a ser como los de antes...

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